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Analogía sobre la “neutralidad de la red”

Por Javier Rodríguez – STNews

Fundador de eCOML@c, GAC, ISOC Perú, AXISNET, redPE, Limanet. Participante en el IFWP y en la formación del ICANN.

internetLa Internet abierta, u “open internet” como se le llama a este concepto en el idioma inglés, es uno de los temas fundamentales para el desarrollo y la potenciación de la actual red de redes.  El otro concepto es que debe ser “free”, o sea libre.  Hoy nos abocaremos a exponer, y defender, una “open Internet”, una Internet abierta para todos.  Todo ello desde nuestra visión y nuestro paradigma: Lima, Perú.  Año 2013.  Nuestra experiencia en estos temas viene desde los primeros BBSs, Compuserve, la formación de la Internet comercial, el desarrollo del e-Commerce, y la formación del ICANN.  Habiendo sido parte de todos esos procesos esperamos aportar la visión de quienes vimos nacer al niño y ahora, ya adolescente, observamos alguna singularidad en su comportamiento (una manera elegante de decir que el muchachito se nos quiere ir por el mal camino).

La Internet es llamada “abierta” porque se basa en protocolos de comunicación que son estándares.  Es decir, están previamente establecidos y nadie puede cambiarlos a su libre antojo.  De hacerlo iría en contra de la definición primordial de la Internet: es la red deredes.  ¿Cómo se comunicarían todas las redes, unas con otras, si cada una crea sus propias reglas, sus propios filtros? Por ello, para participar en la “Internet” hay que aceptar que existen reglas, protocolos y que cualquier que los siga puede comunicarse con todas las redes conectadas a Internet y crear servicios o usar los existentes.  En Internet nadie crea protocolos, reglas, o filtros por su cuenta.  Este es el concepto de neutralidad de la red.  Dentro de Internet, teóricamente, todos estamos en igualdad de condiciones, estamos en terreno neutral.

El término “neutralidad de la red” es relativamente nuevo.  Pero el concepto se originó en la era del telegrama, allá por 1860 o incluso antes.  Estamos hablando de cuando todavía no existían los telegramas prioritarios –similares a la entrega “overnight”de paquetes que realizanlas empresas de mensajería, y por los cuales pagamos un precio superior-.  En el inicio de la era del telegrama estos fueron tratados ‘por igual’: tanto valía, y tan importante era, el telegrama del obrero preguntando por la familia que había dejado en otra ciudad, como el telegrama del magnate que quería saber los resultados de la bolsa o el estado de su hacienda en general.  No se discriminaba, originalmente, ni por el contenido ni por el remitente del “paquete” telegráfico.  No importaba si iba a ser usado para uno u otro fin.  Era una red “neutral” de un extremo a otro.  Luego todo se empezó a malograr pues los monopolios y el “abuso de la posición de dominio sobre un mercado” se volvieron pan de todos los días.

Así pues vemos como la batalla por la “neutralidad” de un servicio viene desde muy antiguo: ¡desde la época del telégrafo!  Se observa nítidamente que las diferenciaciones que se crean son, en su gran mayoría, tendentes a maximizar la utilidad de la empresa proveedora.  Creemos que el “filtrado” de contenidos y la discriminación por velocidad de acceso están deteniendo el desarrollo de la Internet.  Para que esto se vea nítidamente, y haciendo un símil, pensemos que estamos en un pequeño pueblo algo alejado de la gran ciudad.  Ingresamos con nuestro pequeño automóvil a una gran autopista.  Antes había una antigua pista de tierra, nos tomaba tres horas llegar al destino.  Hoy tenemos una nueva y flamante autopista, llegamos en media hora.  Y nos cobran un peso por ingresar a esta gran autopista.  Aquí viene un primer problema: la construyeron sobre la antigua carretera de tierra.  De modo que se ha convertido en un monopolio: para salir de nuestro pueblo e ir a la gran ciudad, alguien se ha convertido en el “dueño” del único puente, y cobra peaje (tal como se hacía en el medioevo con los derechos de pontaje -derechos que se pagan en algunas partes para pasar por los puentes- otorgados por el señor feudal de la región).  Bueno, resignémonos y, todo sea por llegar en media hora mediante la nueva autopista y no tomarnos las tres horas que antes teníamos que sufrir rodando y maltratándonos por la antigua carretera de tierra.  Pagamos un peso y listo.

En algún momento, el “dueño” de la autopista (que construyó sobre “nuestra” antigua carretera de tierra) decide que los autos pequeños pagan un peso.  Pero los taxis, los carros de pasajeros, las camionetas rurales, los pequeños buses, los grandes ómnibus, los camiones de transporte, todos pagan tarifas mayores por usar la autopista.  Bueno… ¡es problema de ellos!, pensamos.  Nosotros seguimos en nuestro pequeño automóvil.

Pasa el tiempo y el “dueño” de la autopista decide que está bien que pagues un peso cada vez que usas la carretera, pero con un límite: 30 viajes al mes.  Si viajas más, se supone,  es porque estás haciendo un negocio.  Más allá de 30 viajes, pagarás dos pesos por cada viaje extra.  Recordemos que esta es una analogía, en procura de ver lo irracional de ciertos cobros en las “carreteras de la información”, que es otro nombre de la Internet.

Pasa más tiempo, y mejoran los carros, ahora contamos con carros modernos que circulan más rápido.  Y se nos quiere cobrar tarifas de acuerdo a la velocidad con que viajamos por la autopista.  Usamos la misma vía, cobre… perdón… ¡asfalto!  Lo vamos a gastar igual si lo transitamos a diez kilómetros por hora que si lo recorremos a cien kilómetros por hora.  El argumento es que se nos “da un mejor servicio” cuando se nos deja correr a cien.  ¿Pero no usamos el mismo asfalto? De hecho, en telecomunicaciones, se sigue usando el mismo par de cobre que se usaba desde los años 50.  ¿Alguien sabe cuánto dinero extra ingresa por cobros diferenciados en cuanto a velocidad y cuánto dinero se invirtió comprando los equipos ADSL que trabajan sobre la antigua red de pares telefónicos de cobre?  Supongamos, simplemente por no ser malpensados, que el “dueño” de la autopista gana exactamente lo mismo y simplemente está recuperando la inversión que realizó en los equipos ADSL.  Claro que desde un punto de vista gerencial, como lo sabe todo estudiante de administración de empresas o finanzas, eso no tiene sentido: las empresas obran para maximizar sus ganancias.  Punto.  Y es, finalmente, correcto.  Sin lugar a dudas.  No son beneficencias.

Pero algo raro pasa, y aquí sí que la cosa se pone color de hormiga. El “dueño” de la autopista pone un “filtro” al inicio y revisa nuestro pequeño automóvil antes de salir de viaje, específicamente tiene interés en revisar nuestro portaequipaje: si llevamos un paquete marcado como “P2P”, “torrent”, “video de YouTube”, “Voz sobre IP”, “Skype” o similar, a su decisión, simplemente nos dice: “…pueden ir por mi carretera pero no pueden correr a más de diez kilómetros por hora”.  Nos miramos preocupados y pensamos:“¡Ahora sí que estamos mal!  ¡Llegaremos a destino en diez horas!”

Ya estamos sintiendo que nos están metiendo la mano al bolsillo, y viéndonos la cara de tontos, cuando de repente vemos a nuestro lado otros carros que pasan, ellos sí, veloces y muy felices a nuestro lado.  Y también están llenos de “paquetes”, simplemente que estos paquetes llevan etiquetas que dicen “Servicio de Voz IP del dueño de la Autopista” y “Servicio Video sobre Demanda del dueño de la Autopista”.

Nos dan todas las explicaciones del caso.  Pero la principal es que si se permite que todas las personas transporten todo tipo de cosas a toda velocidad simplemente la autopista se congestionaría y la calidad de servicio bajaría.  Entonces, como “por la boca muere el pez”, tenemos que concluir que la “Calidad del Servicio” no se brinda en base a la infraestructura misma sino en base a quitarles “velocidad” y “capacidad de transporte de información” a unos (los que no tienen más dinero para pagar) y esa capacidad se le asigna a otros (los que tienen dinero para pagar más).  Bueno… ¡así es la vida! Para unos hay mejores cines, mejores casas, mejores colegios, mejores autos, mejores autopistas, mejor internet… pero… ¿por qué? El cobre que llevaron hasta la humilde casa es el mismo cobre que llevaron a la casa del magnate.  El costo de la última milla no varía si yo soy pobre o si soy rico.  Y el costo de los equipos ADSL de cabecera es igual si van a servir a un barrio humilde o a un barrio exclusivo.

Pero… ¡alto allí! ¡La Internet no fue creada para favorecer a los que más tienen!  ¡Es la autopista de la información!  Es el medio por el cual queremos formar, educar, comunicar, trabajar, entretener, inventar, desarrollar e innovar.  La información, coincidamos en esto, es una herramienta de desarrollo.  Y el mundo, la gente de a pie, quiere desarrollo.  Y los votos vienen de millones de personas que buscan el desarrollo de sus hijos, de sus familias.  La Internet es para todos, para que todos podamos tener mejores oportunidades.  No es la Internet un medio para que solamente los “dueños” de las autopistas hagan dinero.  No puede ser un medio en el cual estos “dueños” protegen sus otros negocios poniendo trabas y obstáculos a nuevos emprendedores.  Hoy en día, un muchacho de 18 años, con una conexión de banda ancha, puede poner una estación de radio, de televisión o hibridar un periódico con estas otras tecnologías y crear una nueva realidad, un nuevo competidor, que arrase en un nicho específico y disminuya las ganancias de las entidades dominantes dentro de un mercado.  Y el mercado puede ser cualquiera: educación, electrónica, supermercados, construcción, ventas de automóviles, bienes raíces, etc.  Si un “dueño de autopista” tiene intereses en cualquiera de estos mercados no es dable que, disculpándose en su falta de inversión en infraestructura, aduzca que tiene que “filtrar” contenidos y cobrar por cuotas (gigabytes por mes) y velocidades (dos megabits por segundo) porque de otra manera se “congestionaría la red” y “bajaría la calidad del servicio”.

Hay que recordar que las “autopistas” de la información las han construido sobre nuestra antigua “carretera de tierra” (llámese calles y avenidas, o el espacio radioeléctrico).  Existen formas más innovadoras de maximizar los beneficios de las empresas.  Varias de las grandes empresas de telecomunicaciones tienen muy a la mano negocios colaterales para la creación de contenidos (series de televisión, documentales, etc.) y ser los próximos Netflix y Hulu, que son un ejemplo de monetización de un servicio básico: el entretenimiento.  Google, Facebook, Twitter, y similares gritan al mundo su éxito.  Hoy en día, recurrir a la fuerza del señor feudal, para que otorgue derechos de pontaje es simplemente arcaico.  A los gerentes que sigan proponiendo estos esquemas para maximizar los beneficios de sus empresas, les va a ir bien.  Por un corto tiempo.

Hace casi veinte años las privatizaciones nos prometieron competencia en las telecomunicaciones.  Y nos pidieron paciencia porque pronto vendrían nuevos competidores.  Pero, carentes de leyes sobre fusiones y adquisiciones, o siendo estas insuficientes, muchos mercados terminarontomando la forma de un “duo-polio”.   En un ambiente desarrollado y competitivo, como el de Estados Unidos de Norteamérica, se dio exactamente el mismo fenómeno y, de acuerdo a la región, encontramos generalmente dos empresas competidoras en telecomunicaciones y no más.  No es de extrañar que nuestras realidades locales reflejen este problema que, a todas luces, ha devenido en global.

Los ciudadanos no pueden ser condenados a vivir bajo esquemas comerciales, mercantilistas, propios de la edad media.  Los gobiernos no pueden echarse encima el peso de gruesas cadenas e inmensos candados que ponen freno, filtran y discriminan, el desarrollo y la innovación que reside en los jóvenes.  Estos jóvenes son los que votan y eligen a los gobiernos.  La ecuación está planteada.  Dennos libertad de comunicación y transporte en la Internet.  Así nació.  Así debe continuar.

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